Del 1 al 5 de septiembre, Mairena del Alcor vive la LXV edición del Festival de Cante Jondo Antonio Mairena, uno de los certámenes flamencos con más recorrido de Andalucía. Esta edición está dedicada a Diego Clavel, cantaor que en 1970 ganó el Concurso mairenero y que, cincuenta y seis años después, regresa a la localidad como figura homenajeada
Detrás de esta nueva cita hay 65 años de historia que merece la pena contar: la de un festival que nació en 1962 como un sencillo acto benéfico de las fiestas patronales y que, con el paso de las décadas, se ha convertido en una de las grandes citas del flamenco andaluz

Para encontrar las raíces del Festival de Cante Jondo Antonio Mairena hay que remontarse al 25 de agosto de 1962, cuando Mairena del Alcor celebró, dentro de las fiestas patronales de San Bartolomé, el primer «Festival de Canciones y Cante Flamenco».
No parecía de inicio un gran acontecimiento cultural, sino que respondía a las necesidades de un acto benéfico impulsado por el párroco de la localidad, Enrique López Guerrero, que buscaba recursos para las necesidades de la parroquia. Antonio Mairena, que ese mismo año había recibido uno de los reconocimientos simbólicos más importantes de su carrera, la III Llave de Oro del Cante, vio en aquella propuesta la ocasión de materializar una idea propia: organizar en su pueblo un encuentro con vocación artística y pedagógica, capaz de acercar «el buen cante» tanto al aficionado experto como al público general.

Su implicación no fue ornamental: intervino en la concepción del festival, en su orientación artística, y aportó personalmente un trofeo de plata con su nombre para premiar el cante de aquella primera cita, que tuvo formato de concurso de aficionados repartido en tres grupos: uno de seguiriyas y soleares, otro de malagueñas y serranas, y un tercero para el resto de palos.

Conviene situar aquel primer festival en su momento exacto. Los años cincuenta y sesenta fueron una etapa de revalorización del cante —en 1956 nace el Concurso Nacional de Arte Flamenco de Córdoba, en 1958 se funda la Cátedra de Flamencología de Jerez— y, en paralelo, proliferan festivales estivales por toda Andalucía: el Potaje Gitano de Utrera desde 1957, Arcos desde 1961, Écija y el propio Mairena desde 1962, el Gazpacho de Morón desde 1963, la Caracolá Lebrijana desde 1966. Mairena, por tanto, no fue el primer festival flamenco andaluz, y conviene no presentarlo como tal. Su singularidad está en otra parte: en el peso de Antonio Mairena, en la continuidad del proyecto hasta hoy y en su combinación, desde muy pronto, con un concurso de enorme prestigio.
Algunas fuentes institucionales apuntan incluso a un posible referente inmediato: el Festival Internacional de Sevilla, celebrado en el Patio de Banderas en 1955. Antonio Mairena pudo ver en aquel tipo de convocatoria un modelo capaz de sacar el cante de contextos más restringidos y ofrecerlo, con dignidad escénica, a un público mucho más amplio: una voluntad de difusión que acompañaría al Festival de Mairena desde su origen.
Y esa continuidad no estuvo garantizada desde el principio. Un dato que suele desaparecer de las cronologías simplificadas es que en 1963 no hubo Festival, por dificultades económicas. La cita se recuperó en 1964, ya con la organización asumida por el Ayuntamiento de Mairena del Alcor, y fue entonces cuando el acontecimiento pasó a llamarse Festival de Cante Jondo Antonio Mairena. Ese año, Juan Peña «El Lebrijano» obtuvo el Trofeo Antonio Mairena, un triunfo que con el tiempo se recordaría como uno de los hitos que le impulsaron a dedicarse plenamente al cante. En 1965 se produce otro paso decisivo: Concurso y Festival quedan separados en dos noches distintas, el modelo dual que definiría la cita durante décadas —una noche competitiva, para aspirantes y nuevos valores, y una gran noche profesional, con artistas consagrados—. Esa dualidad explica buena parte de la singularidad mairenera: el público podía ver debutar a un cantaor desconocido y, años después, encontrarlo convertido en una de las grandes figuras del circuito.

La gran cantera: cuando ganar en Mairena podía cambiar una carrera
Entre 1964 y 1968 se concentra una de las secuencias más extraordinarias del palmarés mairenero. El Lebrijano abre la lista en 1964; en 1965 Manuel Mairena recibe la primera Antorcha del Cante y un jovencísimo Calixto Sánchez, de solo 18 años, gana uno de los grupos; en 1966 son premiados Manuel Agujetas, José Menese y un Camarón de la Isla de apenas 16 años, cuya actuación en Mairena tuvo continuidad en su incorporación a otros escenarios del circuito, entre ellos la Caracolá de Lebrija; en 1967 Fosforito recibe la Placa de Plata; y en 1968 Chocolate obtiene un primer premio mientras Curro Malena empieza a consolidar su nombre. No todos ellos fueron «descubiertos» en Mairena —sería excesivo decir, por ejemplo, que el Festival descubrió a Camarón, que ya cantaba en otros ambientes—, pero el palmarés demuestra que el jurado y el circuito mairenero supieron detectar, y avalar, a buena parte de las voces que terminarían ocupando un lugar central en la historia del flamenco del siglo XX.
La década siguiente confirma esa capacidad. En 1970, Diego Clavel gana el premio que las propias instituciones locales consideran decisivo para el inicio de su carrera profesional —el mismo Diego Clavel al que la LXV edición dedica ahora su homenaje—. En 1972 el premio de soleá recae en El Torta; en 1973 aparece el nombre de José de la Tomasa; en 1974, Rancapino; y a mediados de esa década, Chiquetete alcanza el Premio Mairena. La prensa no tardó en subrayar ese papel: en 1985, el crítico de El País Ángel Álvarez Caballero definía el Concurso de Mairena como uno de los más codiciados por los aficionados, capaz de suponer un paso decisivo hacia la consagración profesional. Una curiosidad menor pero elocuente de esos años: en la numeración de las ediciones no existió un XIII Festival —por superstición, se pasó directamente del XII de 1974 al XIV de 1975—, recordatorio de que también las decisiones humanas dejan huella en las cronologías oficiales.

Los años setenta: la edad de oro y el papel de la Casa del Arte
Durante los años setenta, el Festival se integra en el circuito de Festivales de España y gana capacidad de convocatoria, con la llegada de aficionados de fuera de Andalucía. En los carteles de la época conviven varias generaciones: Naranjito de Triana, Bernarda de Utrera, La Perla de Cádiz, Fosforito, La Paquera de Jerez, José Menese, Diego Clavel, Rancapino, El Turronero, José de la Tomasa, Antonio Mairena y Manuel Mairena, junto a guitarristas de enorme relevancia —la documentación recuerda incluso a Fosforito acompañado por Paco de Lucía—.
Esa capacidad de convocatoria llevó a la prensa especializada de la época a referirse a Mairena del Alcor como «capital del flamenco», una expresión que conviene entender más como reflejo del prestigio alcanzado que como un título oficial. El Festival se consolidó, además, como una de las grandes citas de cierre del verano flamenco: llegaba a comienzos de septiembre, cuando muchos artistas habían recorrido ya durante meses los festivales andaluces, y su noche grande funcionaba casi como un balance de la temporada ante un público exigente. En esos mismos años, el cartel siguió abriéndose a estéticas distintas dentro del cante jondo, con presencias como la de Lole y Manuel en 1975.
Es también en 1971 cuando se constituye formalmente la Casa del Arte Flamenco, nacida de una tertulia de aficionados conocida como el Álbum de Aficionados y dedicada, desde entonces, a la conservación, el estudio y la difusión del flamenco y del legado del maestro. Con el tiempo se convertiría en garante de la continuidad del Concurso, una institución básica para que el modelo mairenero no dependiera únicamente de la programación municipal de una semana al año. En estos años, además, el Festival cambia de escenario: de los espacios abiertos del paseo central de los primeros años y la Glorieta Jiménez Sutil, se traslada a un recinto más cerrado, conocido como el Patio de la Academia, .un cambio que modificó la relación entre el festival y el espacio urbano. Entre 1977 y 1978 fue la propia Casa del Arte la que asumió directamente la gestión del Festival, en un periodo de dificultades organizativas y económicas; en 1979 el Ayuntamiento recuperó la organización directa. Las crónicas de principios de los ochenta sitúan entre dos mil y tres mil personas las que llegaron a reunirse en el Patio de la Academia, una cifra que da idea del alcance social que había ganado la cita.

1983: la muerte del maestro y la pregunta de cómo seguir
La despedida de Antonio Mairena de los grandes escenarios flamencos fue progresiva, pero Mairena del Alcor se mantuvo como una excepción afectiva y artística. En 1981, la prensa anunciaba que su actuación seguía siendo el mayor atractivo de la vigésima edición, con un cartel que reunía a Fosforito, José Menese, Curro Malena, Calixto Sánchez, Manuel Mairena y Manuela Carrasco ante unas dos mil personas. En 1982 el Festival se convirtió en un homenaje explícito al maestro: el Ayuntamiento le entregó la Medalla de Oro y el título de Hijo Predilecto, coincidiendo con su cumpleaños, en lo que sería su última asistencia en persona.

En 1983, su ausencia dominó la crónica. El País publicó el 5 de septiembre que el cantaor había seguido por radio desde Sevilla, la madrugada anterior, el XXII Festival, porque su estado de salud le impedía desplazarse. Era la primera vez, desde el origen del encuentro, que no acudía. Antonio Mairena murió ese mismo 5 de septiembre de 1983 en Sevilla, apenas un día después de la noche del Festival. La proximidad temporal convirtió aquella edición en una frontera histórica para el acontecimiento.

Los años posteriores estuvieron marcados por el declive y las dificultades económicas, con distintos intentos de redefinir la programación durante los ochenta. La muerte del fundador simbólico planteó una cuestión que, de una forma u otra, sigue siendo central en la historia del Festival: cómo mantener vivo un acontecimiento construido alrededor de una figura carismática sin convertirlo en un mausoleo. La respuesta, con el paso de las décadas, sería gradual: reforzar la memoria del cantaor, sí, pero también abrir la programación a nuevas generaciones. Un gesto temprano en esa dirección fue la concesión, en 1984, de la III Antorcha del Cante a Curro Malena, en una convocatoria que reunió a intérpretes de primer nivel apenas un año después de la muerte del maestro. En 1986, el Festival cumplió sus primeros veinticinco años con una edición dedicada a conmemorar esa efeméride.

Los noventa: la cultura del homenaje
Durante los años noventa se consolida una práctica que terminará siendo característica del Festival: dedicar cada edición a artistas, instituciones o figuras de la cultura flamenca. La reconstrucción histórica local recoge, entre otros, los homenajes a La Niña de los Peines en 1990, Juan Talega en 1991, Matilde Coral y Rafael El Negro en 1992, el empresario Jesús Antonio Pulpón en 1994 —figura decisiva en la profesionalización del circuito de festivales—, Manolito Orea en 1995, las peñas flamencas en 1996, Federico García Lorca en 1998 y Canal Sur en 1999.
El homenaje a Lorca coincidió, precisamente, con un cambio de sede que marcaría la imagen del Festival hasta hoy: en 1998, el certamen se traslada al conjunto de la Casa Palacio de los Duques de Arcos, una vez restaurada. Se trata de un recinto con orígenes señoriales que se remontan al siglo XV y del que la documentación patrimonial recuerda incluso el paso de los Reyes Católicos por el lugar en el año 1500. Desde entonces, ese entorno histórico se convierte en la gran imagen del Festival: hoy, la gala y el Concurso se celebran en el Auditorio Municipal Manuel Mairena, integrado en ese conjunto, mientras otras actividades se reparten entre la propia Casa Palacio y el Teatro Municipal Calixto Sánchez. Lo interesante de esta etapa es cómo el Festival deja de depender de la presencia física de Antonio Mairena y convierte la memoria en programación: los homenajes, los discursos y los repertorios elegidos funcionan, desde entonces, como una forma de historiografía pública.

El siglo XXI: reconocimiento, academia y nuevas generaciones
En 2003, coincidiendo con el vigésimo aniversario de la muerte de Antonio Mairena, Mairena del Alcor amplió la conmemoración con un Congreso Internacional de Flamenco. No es un gesto casual: Mairena no fue solo intérprete, sino también divulgador e investigador, coautor junto a Ricardo Molina de Mundo y formas del cante flamenco, y esa faceta doctrinal sigue presente hoy en las conferencias, encuentros, exposiciones y masterclass que forman parte habitual de la semana del Festival.
En 2008 llegó un reconocimiento administrativo relevante: por Orden de 14 de marzo, publicada en el BOJA, la Junta de Andalucía declaró al Festival y al Concurso de Interés Turístico de Andalucía, valorando su repercusión, su arraigo y su valor cultural. Conviene precisar que se trata de un reconocimiento con valor administrativo y promocional, no de una medición del impacto económico actual del Festival, sobre el que no existen estudios públicos recientes que lo cuantifiquen con rigor.
Ese reconocimiento llegó, además, en un contexto de revalorización general del flamenco: en 2010, la UNESCO declaró el flamenco Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, un marco que reforzó los programas de apoyo y difusión de las instituciones andaluzas y que dio a una cita con medio siglo de historia como la de Mairena una legitimidad especialmente útil. Esa dimensión patrimonial se hizo también educativa: en 2019, la exposición «Mairena, un Festival para la Historia» reunió veintidós paneles para reconstruir, por primera vez de forma sistemática, la trayectoria de más de cincuenta ediciones del Festival.
En 2015 se presentó Flamenke@ndo, iniciativa orientada a acercar el flamenco a las generaciones más jóvenes, y en los últimos años esa vocación tiene su continuidad en la Flamenkedada, que en 2026 vuelve a celebrarse como prólogo del Festival. A esa línea se suman masterclass de baile y guitarra y programas educativos como «Al cante en la escuela», que extienden el flamenco más allá de la semana de septiembre. La edición de 2020 mereció mención aparte por razones evidentes: se celebró en formato condicionado por la pandemia, trasladada al Teatro de la Villa del Conocimiento y las Artes y dedicada a las víctimas del coronavirus y a los profesionales que afrontaron la crisis.

De festival a semana cultural: la transformación reciente
Las últimas ediciones muestran un modelo más diverso que la vieja «noche larga» de festival: la gran gala sigue siendo el clímax, pero alrededor se articula una semana completa de actividades. En 2021, la LX edición celebró sus sesenta años con un homenaje al 50 aniversario de la Casa del Arte Flamenco. En 2022, la LXI edición conmemoró los 60 años de la III Llave de Oro del Cante de Antonio Mairena, con el Concurso dedicado a Fosforito.

En 2023, la LXII edición recordó el décimo aniversario de la muerte de Manuel Mairena y coincidió con un hito patrimonial de primer orden: la apertura, el 29 de agosto, del Centro de Interpretación del Festival de Cante Jondo Antonio Mairena y la Feria de Abril, instalado en la propia Casa Palacio, con un presupuesto municipal comunicado de 190.000 euros cofinanciado con fondos FEDER dentro de la estrategia EDUSI. En 2024, la LXIII edición se dedicó al décimo aniversario del fallecimiento de Paco de Lucía, con un cartel del pintor Juan José Montoya concebido también como homenaje visual al guitarrista, y el Concurso fue ganado por Remedios Reyes. En 2025, la LXIV edición estuvo dedicada a Nano de Jerez y rindió también homenaje a Francisco Moreno Galván en el centenario de su nacimiento.

La proyección institucional de la cita se ha reforzado también hacia dentro y hacia fuera del calendario flamenco: la LXV edición de 2026 se presentó en FITUR, la feria internacional de turismo, y cuenta con un convenio de colaboración con la Junta de Andalucía —suscrito el 7 de agosto de 2026— para la financiación de las compañías participantes. El camino recorrido desde una colecta parroquial hasta un activo cultural presentado en una feria de turismo internacional resume bien esta historia.
Todo este recorrido explica por qué el Festival de Mairena puede leerse como algo más que una sucesión de carteles: es una institución que ha intervenido activamente en la historia del flamenco, a la vez escenario, filtro de talento, punto de reunión de la afición, aparato de memoria e instrumento de política cultural e identidad de un municipio.
Un festival que se mira a sí mismo
Hay algo especialmente significativo en que la edición número 65 esté dedicada a Diego Clavel. En 1970, siendo un cantaor que empezaba, ganó en Mairena el premio que las propias instituciones locales consideran decisivo para el arranque de su carrera profesional. Cincuenta y seis años después, regresa a la localidad como figura homenajeada, en una semana que combina cante, guitarra, baile, reflexión y patrimonio. Esa trayectoria individual resume, casi por sí sola, la gran idea del Festival: crear continuidad entre memoria y futuro.

Porque si algo explica que el Festival de Cante Jondo Antonio Mairena haya llegado hasta aquí no es la repetición de una fórmula fija, sino la capacidad de negociar continuamente cuánto puede cambiar sin dejar de ser Mairena. Nació como un gesto benéfico de una parroquia, estuvo a punto de desaparecer en su segundo año, se convirtió en una de las grandes plataformas de legitimación del cante del siglo XX, sobrevivió a la muerte de su fundador simbólico y hoy combina gala, concurso, pedagogía, memoria histórica y patrimonio en una sola semana de septiembre.
Después de 65 ediciones, esa capacidad de negociación puede resumirse en unos pocos rasgos que rara vez coinciden en una sola cita cultural: una continuidad que ha resistido crisis económicas, cambios de sede y la muerte de su fundador simbólico; un vínculo con una figura artística concreta que no se ha quedado en lo nominal, sino que sigue orientando la programación y el discurso; un público que se sabe depositario de una tradición y que, por eso mismo, exige; y una capacidad, cada vez más consciente, de convertir la memoria en programación, en homenajes, exposiciones y en el propio Centro de Interpretación. A todo ello se suma la adaptación: la de un festival que ha sabido cambiar de escenario, de duración y de lenguaje sin renunciar a la gala de cante, guitarra y baile como su centro simbólico.
El nombre de Antonio Mairena —maestro del cante, investigador y defensor de los estilos tradicionales, referente histórico de la conservación del flamenco— sigue marcando ese equilibrio: cada edición es también una manera de responder a la pregunta de qué parte de ese legado debe permanecer y qué parte debe evolucionar.
Sesenta y cinco años después, Mairena del Alcor sigue siendo, por todo ello, memoria viva del flamenco y una de las grandes citas culturales de Andalucía.




